Una  vez con doce años o por ahí tuvimos que ir a ver a un juez mi hermana y  yo para decir con quien queríamos vivir. Si con mi madre o con mi  padre. Fuimos hasta Málaga pero antes de ir a la cita le pedí a mi madre  que fuéramos al Corte Ingles a comprar un regalo. Yo presentía que  teníamos que comprar algo para mi padre porque era casi seguro que nos  iba a echar en cara que nunca le regalábamos nada. El siempre nos decía:  a ver cuando me dais vosotros algo a mi, ¡que no soy el banco de  España!. Lo que pasaba es que venia cada quince días a vernos y es  normal que las necesidades se nos acumulasen. Pase por la sección de  colonias. Si, a lo mejor era buena idea. Una colonia es fácil y además,  siempre le gusto la de Paco Rabanne. Pero no se, seguro que tenia que  haber algo mejor.

Seguimos  caminando y llegamos a la sección de libros. Me puse a buscar, tenia  que haber un libro que le pegase, un titulo que lo describiera y que  fuera como darle una lección cuando lo leyera. Clásicos. La Ilíada. No  le pega. Historia, no me dicen nada los títulos. Sé que el libro ni lo  va a leer porque siempre tiene prisa así que el titulo lo tiene que  decir todo.

¡Vamos  Eze! que se hace tarde — dijo mi madre. ¿Y si vamos sin regalo? No,  algo me dice que tengo que comprarlo. Que mala suerte como no encuentre  un libro. Es que seguro que nos lo echa en cara, estoy casi seguro.
—  Vamos Eze, ¡por favor!’–grito mi madre–que no podemos llegar tarde. Di  una ultima pasada. Un momento. Cogí un libro con una portada negra.  Limpio y sencillo. No me lo podía creer. El titulo era perfecto.

Llegamos  tarde a ver al juez. En realidad era una jueza. Jóven y con cara de  comprensiva. Mi padre estaba sentado ahí hacia un rato y se veía que se  había amigado para ganar terreno. Yo tenia el libro en el bolsillo de la  chaqueta. Pensé en dárselo ahí mismo pero presentí que iba a haber un  momento mejor. Nos sentamos y la jueza hablo con un tono agradable. Se  veía que le importaba que la situación no fuera traumática para los  niños. ¿Hay buena gente en el mundo o que? Nos explico que nos iba a  hacer unas preguntas y que le íbamos a tener que decir con quien  queríamos vivir. Y que eso no quería decir que nuestra madre o nuestro  padre fuera mejor o que no íbamos a ver al otro nunca mas. Pero lo  importante es que le dijéramos lo que de verdad pensábamos. Sera que  algunos padres lavan el cerebro a sus hijos para que digan que quieren  vivir con ellos. Eso nunca lo entendí. Lo de pelearse por quedarse a los  hijos, no porque te importen los hijos sino por joderle a tu ex. La  jueza le pregunto primero a mi hermana. Veía que era pequeña y le hablo  como si fuera un juego.
–¿Y tu? A ver, dime, ¿con quien quieres vivir? ¿con tu madre o con tu padre? Mi hermana no dudo ni un segundo.
–Con  mi madre — dijo. Claro. Si siempre vivimos con ella. Cuando íbamos a la  casa de mi padre siempre estábamos en tensión con la familia de su  nueva esposa. Ni reímos, ni jugamos y siempre estaba el aire de que  estábamos siendo juzgados. La jueza me pregunto a mi.
— Con mi madre  — le dije. Ya esta. Caso cerrado. Mi padre había perdido y el odia  perder. Que hago, ¿le doy el libro ahora? Perdiste pero venga, te traje  un libro de consolación. No. No era el momento todavía.

La  jueza empezó a sacar unos papeles y parecía que eso se acababa. Mi  padre había perdido. ¡Y encima contra mi madre! Pero eso no iba a quedar  así, claro. Empezó a decir como él se esforzaba por darnos todo. Cómo  tenia que trabajar durísimo y cómo iba en coche a vernos los fines de  semana y nos llevaba a ver películas. ¿En serio? ¿Iba a usar ese truco?  ¿Saco el libro y lo hago callar ya? Siguió.
— Y ustedes — dijo. —  Ustedes, lo único que hacen es pedir y pedir. Siempre que los voy a  recoger no hacen mas que pedirme. Siempre les estoy dando pero nunca me  dan nada a mi. A ver, díganme, ¿cuando fue la ultima vez que me  compraron un regalo? ¿eh? ¡Cuando!
Ahora. Saque el libro de mi bolsillo y se lo di.
— ¿Esto que es? dijo.
— Nada, un regalo para ti.
Lo abrió y leyó el titulo: “Yo el Supremo”.
La jueza se contenía para no reírse.
— Vaya palo — dijo.
Mi  padre tenia una cara de haber hecho el ridículo que no veas. No sabia  que decir. No hizo mas reproches así que la jueza sello unos papeles y  en dos minutos estábamos fuera.

“Yo el Supremo”. Joder, es que encontré el libro perfecto.