Una  vez al año hacían una evento en el Palacio de Congresos de  Torremolinos. Era una feria solo para profesionales donde empresas  traian las mejores y ultimas maquinas de videojuegos. Y había rumores de  que se podía jugar gratis a todas. Mi sueño.

El  padre de un amigo era de la industria más o menos. Trabajaba en una  empresa que hacía las máquinas esas para niños que echas dinero y te  sale una bola transparente con un regalo. La feria también incluia ese  tipo de maquinas asi que tenia pases para entrar. Pero la gente que  organizaba la feria eran estrictos con los niños porque querían mantener  un aire profesional y no tener ahi a mil niños locos corriendo de un  lado para otro. Así que no era seguro si me iban a dejar entrar.

Me  vinieron a buscar temprano, como a eso de las ocho porque había que  estar listo en la puerta antes de que abriera. Llegamos y vi que afuera  había como un área hinchable donde te metias y disparabas con lasers.  Parecía interesante pero yo estaba ahí por los videojuegos. Eran perder  el tiempo sabiendo lo que nos esperaba dentro del edificio.

Nos  fuimos para la entrada del Palacio de Congresos y me entró el miedo. Es  que yo tengo el condicionamiento de pensar que no me van a dejar entrar  a los sitios. Tengo esa sensacion de toda la vida. Mis padres se  mudaron de Argentina a España cuando yo tenía cinco años y me pase la  vida con esa sensación. Si íbamos de excursión con el colegio al Zoo, en  la entrada me daba siempre la sensación de que no me van a dejar entrar  por algo. Incluso hace poco, cuando viví en New York me pasaba lo  mismo. Veía una tienda interesante en Soho pero me daba la sensación de  que me estaba prohibido entrar así que me quedaba fuera mirando el  escaparate.

El  padre de mi amigo se fue para una mesa, confirmó los nombres y nos  pusimos en la cola. Había pocos niños la verdad y los que había eran  mucho menos cautos que nosotros. Se les notaba lo excitados que estaban.  Yo intentaba controlarme pensando “yo paso en realidad de todo esto”,  “yo vengo aquí por negocios, soy un profesional”. Como no abrían el paso  intenté colarme entre la gente pero me paro otro guarda. No veas si  había seguridad en ese sitio. El guarda me hizo una segunda inspección,  miro mi pase y me dijo que me esperase ahí. Ya veras pense, ya veras que  llegaron al límite de niños permitidos o ya verás que solo es para  familiares de los profesionales pero no para amigos. Seguro que no me  dejan entrar. Mientras me lamentaba con esos pensamientos escuche una  melodía familiar. Era la melodía de los Simpsons. ¿Habían hecho un juego  de los Simpsons?

El  padre de mi amigo vino, le dijo al guarda que iba con él y entramos. Me  fui directo a la máquina de los Simpsons. Joder que buenos graficos  tenía. Le di al botón de un jugador pero no paso nada. ¿No era que se  podía jugar gratis?. Un hombre mayor estaba jugando pero se veía que no  tenía ni idea. ¿Como se jugaba gratis? Mire por toda la máquina y no  habia un boton de jugar gratis ni nada. ¿Había que hablar con alguien o  que?. En esas mi amigo vino, me dio una moneda de cinco duros y me  explico. Las máquinas estaban abiertas por donde echabas las monedas asi  que podias echar una, pasaba por la maquinaria y ponías la mano abajo  para que cayera en tu mano. Que simple. Hice el truco un par de veces y  me puse a jugar.

El  juego de los Simpsons era de Konami. Jugué un poco y me di cuenta de lo  que habían hecho. Habían cogido el juego de las Tortugas Ninja de  cuatro jugadores y le habían cambiado los gráficos. Es que era el mismo  juego en esencia. Hacer el ataque de salto y disparo y con eso te pasas  el juego entero. Pero aun asi me gustaba, me gustaba bastante. Jugué un  rato pero empecé a mirar a mi izquierda y vi una hilera gigante de  máquinas esperándome. Es que no me lo creia, tenia creditos infinitos en  todas las maquinas mas nuevas del mundo que no habían salido al  mercado. El mejor dia de mi vida de lejos.

Pero  para entenderme bien tengo que contar un par de cosas. Es que no es que  a mi me gustase jugar a las máquinas un rato como a todo el mundo. Yo  cogía un tren hasta Fuengirola y luego caminaba cuarenta minutos porque  al final del paseo marítimo había una sala de máquinas con el “Narc”.  Tenían otros juegos buenos pero yo iba por el “Narc”. Para mi era una  inversión grande sumando el billete del tren de ida y vuelta y que  encima una partida costaba 50 pesetas. A veces solo tenia para el tren y  no tenia para jugar pero iba de todas maneras para ver a otra gente  jugar y si no jugaba nadie miraba con fascinación el loop del “Insert  Coin”. Y después de varias horas así me iba a mi casa. Pero saciado, con  la sensación de haber tocado el futuro.

Aparte  yo iba todos, pero todos los días a las máquinas del centro a ver si  habían puesto alguna nueva. Y los fines de semana me tiraba todo el dia  en las máquinas y me tenían que echar para que me fuera. Me acuerdo de  estar jugando un dobles al “Gals Panic” a eso de las once de la noche,  con dos vidas todavía, y venir el encargado, desenchufar la máquina y  decirme “niño, ¡vete ya a tu casa!” y tirarme cinco duros. Y si mi madre  me daba dinero yo lo media todo en “Credits”. Si me daba 75 pesetas  para un helado pensaba, vale, tengo 75 pesetas, esto son tres partidas a  las máquinas, mejor me compro un helado barato de limón de 25 y así me  sobra para dos partidas. O lo de saber que los padres de un amigo le  habían dado dinero para ropa y zapatos y yo comerle la cabeza todos los  días para que se compre la Megadrive. Si hasta fui con él hasta “El  Corte Inglés” para asegurarme de que no se compraba la ropa.

Y  también estaba la sagrada revista Micromanía. La leía como ritual cada  mes desde la de “Turbo Girl” en la portada. Mi rutina era ir a las  máquinas y luego al kiosco a ver si había llegado la nueva Micromania.  Luego ir corriendo hasta mi casa, leer cada palabra, y tirarme horas y  horas mirando los mapas que imprimían para juegos de Spectrum o  analizando los anuncios intentando imaginarme que seria mejor, un Atari  ST o un Amiga 500. En la portada decía, “Micromanía, sólo para adictos”.  Perfecta para mi.

Pues  ahora, de golpe, en un dia, tenia acceso a todas las últimas máquinas  que habían salido y podía jugar a todas gratis. El cielo.

Caminamos  por un pasillo que daba al área principal y vi la “Neo Geo”, pero la  consola. Si, había leído de ella en Micromanía. Me fije y no me podía  creer que los gráficos fueran exactamente como en las recreativas. Habia  una tia ahi encargada y tenía el “Magician Lord” de demostración. No  jugué porque lo tenia super visto a ese juego y no era de los mejores.  Me acerque y vi los mandos. Eran de recreativa, con su stick y sus  botones. Parecidos al “Telemach” del Amiga pero de mejor calidad y  negros que le daban una pinta mas Pro. ¿Es que lo hacían todo bien los  de SNK o que? Me dio miedo tocar la consola, parecía cara. ¿Cuanto  costaria? Con el tiempo me entere. Setenta mil por la consola y treinta  mil por juego.

Entramos  al area gigante del medio del palacio y me iba a morir. Era todo de  mármol con un mega lámpara de lujo colgando del techo. Era algo como  para la realeza pero esta vez estaba lleno de cientos y cientos de  maquinas y eran todas las mas nuevas que no había visto nunca en mi  vida. Vi por primera vez la máquina del Terminator 2, la de la  ametralladora. Había como veinte o treinta una al lado de la otra. Se ve  igual que la pelicula– pense. El padre de mi amigo nos dejó ahí y  quedamos a la hora de comer y como mi amigo y yo teniamos gustos  distintos nos separamos.

Me  fui a la zona de simuladores. Eran gigantes. Uno era como el “After  Burner” pero con una esfera gigante que giraba en todas direcciones  hasta ponerte boca abajo y todo. Me dieron ganas de probarlo pero con el  miedo ese eterno de ser deportado o algo ni pregunte. Me fui a otro  simulador. Tenía una pantalla grande, se veía mal, como difuminado.  Ahora me imagino que sería un proyector. Pues un tío se puso de pie  delante de la pantalla y le pusieron una cosa en el brazo parecido a lo  de tomar la tensión y le dieron una ametralladora. El juego era de  guerra, tipo “Operation Wolf”. Un clon pensé, seguro que es malo porque  los clones siempre defraudan. Y cuando estaba a punto de irme vi cómo de  pronto el tío pegó un grito y soltó el arma. Se cabreo que no veas y se  quito lo que tenía en el brazo. El que hacia la demo le explico en modo  marketing que daba electroshocks cuando alguien te disparaba en el  juego. Interesante.

En  una esquina medio olvidada encontré el “Hard Drivin” de Atari con los  primeros gráficos en 3d sin texturas. Para empezar a jugar tenías que  girar la llave del coche ¿A quien se le ocurrían todos esas buenas  ideas?

Luego  jugué a algunas que no vi nunca mas en mi vida. Como una tipo “Street  Fighter” pero donde un personaje tenia una sierra eléctrica y si te  cortaba las piernas no morías y seguías luchando sin piernas.  Interesante también.

En  la planta de abajo y dentro de un mueble de cristal vi algo que parecía  una consola. La tenían bajo llave y no se podía ni tocar. ¿Que consola  era? Me acerque y ponia “Super Nintendo”. Claro. Lo había leído en  Micromanía también. Era la sucesora a la “NES” que tenía yo en mi casa.  Tenían un juego de “Goku” pero no te dejaban jugar ni nada. Es curioso  pensar ahora que esa pequeña consola, rodeada de maquinas y simuladores  gigantescos iba a ser el comienzo del fin de los arcades. Con lo  inocente que parecía ahí en una pequeña vitrina.

Se  estaba acercando la hora del almuerzo así que me puse cerca de algunas  máquinas al lado de la cafetería. Había algunas malillas de fútbol y el  “Pang 2”. A esas alturas ya había aprendido que no había que echar una  moneda para jugar gratis. Metias el dedo dentro de la maquinaria, le  dabas a una palanquita y a jugar gratis. Comimos y luego por la tarde  jugamos más hasta las cinco y media de la tarde que es cuando cerraban.  Cuando terminó todo me dio pena. ¿Por qué? Porque sabía que no iba a ver  eso nunca más. Si no fuera por mi amigo no estaria ahi ni en sueños y  sabía que me habían invitado este año pero conociendo mi suerte, nunca  más.

Un  año más tarde, estabamos un dia en el colegio y mi amigo me dijo que la  feria de máquinas empezaba el Jueves de esa semana pero que no me podía  invitar de nuevo porque iba a ir con su primo. Que lo sentía y eso.  Bueno–pensé –su primo debe ser mejor persona que yo porque las cosas  buenas como esta solo le pasan a buenas personas. Mi amigo vio que  estaba dolido, intento consolarme pero lo asumí. Me pasé el resto del  dia triste pensando en que había hecho mal y en lo desafortunado que  era.

Pase  la semana deprimido y el Jueves vi como mi amigo salía del colegio  super contento. Su padre venía a recogerlo para ir unas horas a la feria  después del colegio. Y luego el Viernes lo mismo y luego todo el fin de  semana.

Me  fui deprimido camino a mi casa cuando me crucé con unos niños del  colegio. Era raro verlos ahi en esa calle porque no vivían camino de mi  casa. Me paré a hablar con ellos y me dijeron que iban a ir hasta el  Palacio andando para intentar colarse a la feria. ¿Que? ¿Era posible  colarse? Me dijeron que algunos lo habían conseguido y que si saliamos  ahora podriamos jugar un par de horas. La verdad que ir andando era  bastante pero dije–¡vamos!.

Caminamos  hasta las afueras del “Arroyo”, pasamos por los pinos que hay detrás  del “Aquapark” hasta llegar al Palacio de Congresos. Como una hora y  pico andando.

Al  llegar vi a unos niños rondando por el césped del Palacio. Parecen  hienas hambrientas con unas ansias extremas de colarse. Mi plan en  realidad no era colarme. Era ir y que alguien que trabajase en el  Palacio viera lo importante que era para mi entrar a jugar y me dejase  entrar. Mi plan era que alguien viera que yo de verdad, de corazón,  amaba los videojuegos. Me imagine como esa persona me pondría la mano en  el hombro y mirándome a los ojos se daría cuenta que yo había nacido  para estar ahí dentro. Veria todas las miles de horas que me habia  pasado solo ante el Spectrum y diría,–¡eh!, dejad entrar a este chico,  esto es importante para el. Y me imagine como luego, años más tarde, en  un programa de televisión ese hombre diría que el me dejo entrar y como  eso me cambió la vida y la gente aplaudiría y eso y algunos lloraban por  su bondad. Y yo saldría ya mayor y le abrazaría y le diría que todo lo  que conseguí en la vida es por haberme dejado entrar aquel día.

Pero ahora viendo toda los demás niños y la competencia brutal que había me daba como que ese plan no iba a funcionar.

Nos  fuimos hasta la puerta principal. A lo mejor nos dejaban entrar o  estaban dando pases gratis por caridad. Nunca se sabe. Pero que va.  Estaba igual de complicado que el año pasado, con dos niveles de  seguridad y todo. Pensamos en irnos pero vimos un grupo grande de niños  en unos arbustos que había a un lado del Palacio. Fuimos para allá y era  como una base donde todos los niños se reunían para compartir  información.

Llegamos  y saludamos. Eran desconocidos y daba un poco de miedo porque eran  niños de otros colegios y eso es un peligro siempre. Uno mas mayor  empezó a contar que estaba dificil la cosa. Mientras hablaba intente  descifrar si era de Torremolinos o no. Es que los niños de Torremolinos  fueron siempre más peligrosos. Se le veia bastante callejero, mucho mas  que nosotros asi que tenia que ser. Contó que unos niños había  conseguido colarse por una ventana pero los había pillado. –Esos, esos–  dijo señalando a un grupo de tres niños que había cerca de una ventana.  Uno tiraba de un cristal para ver si lo podia mover y otro parecía que  estaba buscando algo para romper el cristal. Joder, estos niños si que  eran duros, los acababan de pillar y ahi estaba intentando colarse de  nuevo. Si yo me colase ¿que haría?, ¿sabía disimular bien cuando  estuviera dentro? ¿Sabría ocultar el aura esa de culpabilidad?

Los  tres niños esos consiguieron abrir la ventana. Parecía que la habían  roto, no veas como los pillen pero joder, que envidia como lo consigan.  Uno se metió y saltó dentro. –¡Están entrando!, ¡estan entrando! dijo  uno de nuestro grupo y fue todo el mundo directo para esa ventana. Como  un grupo de presos que ven de pronto una grieta por la escapar. Pero  justo apareció un guardia de seguridad. No veas si estaba cabreado. Se  fue directo para los niños que se estaban colando y hizo señas así como  pegándole al aire para que no nos acercasemos.

Salio  todo el mundo corriendo. Los que estaban en la ventana salieron pitando  y los de fuera salieron dirección a pinos. Y yo…yo solo estaba ahí de  paso. -¿no? Yo no iba a correr si no había hecho nada. Eso te delata así  que me quede ahí de pie. El guarda de seguridad me vio y se vino  directo a mi claro ¿Que haces aqui? me pregunto, ¿con quien has venido?.  Le respondí con evasivas. Que venía a jugar al césped, como todos los  días. Intente usar el truco de “yo solo quiero jugar en el césped, no  entiendo por qué me preguntas”. Pero no me creyo y me hizo acompañarle.  Los demás niños habían desaparecido. Malditas hienas cobardes. El guarda  me obligo ir con él hasta el principio del parking. Lo mire e intente  mi plan. Lo de que viera en mi lo importante que eran los videojuegos,  lo de llegarle al corazón para que me dejase entrar pero dijo, “venga  niño, a casita y deja ya de tocar los cojones”.

Mi  oportunidad de entrar estaba perdida. Y de volver y colarme nada. El  guardia conocía ya mi cara y con el lío de la ventana seguro que iba a  ser cien mil veces más difícil colarse. Le eché una última mirado al  Palacio y lo asumí, era imposible entrar.

LLegando  al cruce vi a tres niños que subían camino al Palacio. No me hizo falta  preguntar a qué venían. Estaban jadeando de tanto caminar y por la hora  que era supuse que vendrían de algún colegio más lejano. Pensé en  advertirles, en contarles lo de la ventana, que no intentasen por ahi,  que tuvieran cuidado con el guarda y todo eso. Pero no dije nada. Se les  veía cansados pero contentos. Tenian la ilusion esa. La de cuando estás  por entrar a una sala de máquinas nueva. La ilusión de que vas a ver  algo sorprendente, que no has visto jamás, que vas a ver el futuro.  Sonreí porque los entiende. Claro que los entendía. Eran adictos como  yo.