Mi  madre se sacó un novio alemán y al poco la cosa se puso seria y  acabamos mudándonos de España a Alemania. Concretamente de Arroyo de la  Miel a Kiel. Fue un cambio grande, porque no es solo cambiar de idioma  sino de cultura y de mil cosas que nadie nunca te explica bien en  ninguna parte.
En la calle donde vivíamos había juguetes en las  aceras, bicis, triciclos, pistolas de plástico. Todo ahí desperdigado  delante de las casas. Yo nada mas llegar pensé, ¿estos niños son tontos o  qué? Cogí la primera bici que vi y fui a tope dando vueltas con ella,  luego la tire, me subí en otra y así hasta que me dijeron que eso no se  podía hacer. Que la gente las dejaba ahí pero que nadie tocaba lo que no  era suyo. Como venga mas gente del “Arroyo” aquí esto se acabar–pensé.

Era  tan seguro el barrio ese que el novio alemán de mi madre se dejo una  noche las llaves del coche en la puerta y por la mañana estaban ahí  todavía. Y eso que tenia un Mercedes nuevo.
Los niños eran un poco  pesados porque siempre querían demostrar que los alemanes eran mejor y  me hacían pruebas todo el rato. Venga, chuta un gol desde aquí a ver si  lo metes, a ver si los de tu país son tan buenos como dicen. En realidad  hasta los profesores eran así porque en la clase me ponían a prueba  todo el rato. En matemáticas me ponían a competir con el mejor de la  clase en matemáticas, en dibujo comparaban mi dibujo con la que me mejor  sabia dibujar. Yo me hacia el que no entendía muy bien alemán para  joderles. Si me enseñaban algo que otro había hecho mejor les decía  gracias en alemán, como apreciando todo.
La casa del alemán era  bonita. Teníamos un cuarto grande con un ventanal que daba a un prado  con vacas donde íbamos a veces de expedición. Una vez hasta encontramos  un feto rosa muerto y creíamos que era un feto humano. Pensándolo bien  ahora, seria de conejo porque había mil conejos por todas partes.

Todo  iba bien al principio hasta que mi madre vio el primer signo que no le  gusto. El alemán tenia un despacho en la casa y los fines de semana se  dedicaba horas en planear como joderle la vida a su ex. Es que se había  divorciado y sus dos hijas vivían ahora con su ex y el nuevo marido. En  fin, que el alemán se tiraba horas y horas preparando el juicio para  joderle bien a su ex-mujer.
Una noche fuimos a una cena. El rollo de  presentar a mi madre a su viejo circulo de amigos. Después de comer se  sentaron todos en un sofá alrededor de una mesa redonda y se pusieron a  beber. Pero a beber. Y hacían chistes en alemán que yo no entendía del  todo pero que entendía lo suficiente para saber que eran sexuales. Al  ratazo una mujer se quiso levantar y como estaba entre el sofá y la mesa  tuvo que pasar así estrujándose entre los hombres y uno la cogió de  frente y la tiro hacia él. Y la tía se empezó a reír y se puso con las  piernas abiertas alrededor del tío y empezó a hacer movimientos  sexuales. Delante de todo el mundo y delante mía que era un niño. No  veas. Después de eso me llevaron al coche a dormir.

Después  de mil horas durmiendo en el Mercedes ese con la tapicería fría escuche  a mi madre. Llego alterada discutiendo con el alemán por algo. El  alemán estaba mega borracho así que mi madre se puso al volante de su  querido Mercedes. Y como no sabe conducir bien, mezclado con la  ansiedad, empezó a dar acelerones, ponerlo a mil revoluciones y el  alemán, como no, cabreado y diciéndole que le iba a joder el coche. Y mi  madre histérica porque no quería estrellarse y porque no sabia el  camino de vuelta. En un punto paramos en un cruce de cuatro caminos  totalmente desierto y se pusieron a discutir y a gritar. En fin.

Luego  paso lo de las tazas que fue lo mejor. Una tarde vino la madre del  alemán de visita. Se veía que el tío le tenia mucho respeto y que era  como una visita oficial y súper formal. A mi y a mi hermana nos dijeron  de no salir del cuarto y si teníamos que ir al servicio que ni se nos  ocurriera acércanos al salón. Por supuesto que salí a espiar y pude ver a  la madre ahí tomando un té. Que divertido–pensé. Después de una hora o  así la madre del alemán se despidió de nosotros, muy formal todo,  distante pero no tan distante como para que la odies. Y de ahí a dormir.  Pero no. A la hora o así empecé a escuchar gritos en el salón. Era mi  madre que le decía al alemán que qué se creía, que quien se creía su  madre, y que como se le ocurría tratarnos así. Yo y mi hermana fuimos  corriendo al salón y ahí estaba mi madre de pié gritando, con el alemán  sentado en un sillón con las piernas cruzadas y mirando hacia abajo. Mi  madre nos dijo que nos fuéramos al cuarto pero no le hicimos caso. ¡Que  se cree la vieja esa! le grito, ¡quien se cree que es!. En una  estantería de la pared el alemán tenia unas tazas de te. Las tenia ahí  como si fueran de museo porque serian caras o algo y nosotros teníamos  prohibido tocarlas. Mi madre cogió una y ¡bam! la reventó contra el  suelo, cogió y otra y ¡bam! reventada también. El alemán ni parpadeaba,  de verdad que no movía ni un musculo y eso cabreaba cien veces mas a mi  madre así que se fue hasta la estantería y empezó una por una a reventar  todas las tazas. Como el alemán ni pestañeaba se fue hasta él y le  reventó una al lado de la oreja. Del estallido, trozos de la taza le  dieron en la cara y eso si que le hizo pestañear. El teléfono sonó. Era  una vecina que vivía al lado y que había escuchado los gritos y  explosiones de tazas. Normal, aquí lo máximo que había sucedido es que  una vaca una vez se escapo. Mi madre, faltandole el aire, le explico que  no era nada pero que gracias, que gracias por llamar. Al otro día  durante el desayuno mi madre nos explico bien. El alemán tenia las tazas  esas de decoración y no permitía que ni mi madre, mi hermana ni yo las  usásemos. Pero cuando vino su madre de visita las saco. Se sirvieron  ellos el té en las tazas de lujo y a mi madre que estaba ahí sentada con  ellos le dieron una taza de las baratas de la cocina. Y por eso se  quedo sin tazas.

Para  ser justo con él, no era del todo malo. Una vez me hizo un regalo que  todavía me gusta, una especia de juguete que funcionaba con vapor, todo  de metal, bueno, como eran los juguetes buenos de antes. Lo enchufabas y  era como que te explicaba el proceso de evaporación o algo así. Pero la  maquina era súper bonita así brillante con tubos de metal plateados y  de color cobre. Y a veces me llevaba a comprarme zapatos que me gustaban  y no me compraba lo mas barato como hacía mi padre.

Un  día Misha desapareció. Era un gato que habíamos traído desde España. Lo  trajimos en el avión en un bolso. Mi madre le dio unas pastillas para  dormir pero las vomito así que no se durmió sino que se quedo medio  zombie. Y así con el gato medio drogado lo metimos en la cabina con los  demás pasajeros. Es que en esa época se podía hacer de todo en los  aviones. Pues le teníamos cariño al gato pero un día desapareció y yo y  mi hermana sufrimos mucho. Pobre Misha–pensábamos. Estará vagabundeando  en estas calles de Alemania, en este país desconocido y dentro de nada  va a empezar a hacer mucho frió. Se va a morir como no lo encontremos.  El alemán nos llevaba a veces en coche a dar unas vueltas para buscarlo  pero nada, ni rastro. Mi madre nos dijo que era porque estaba muy  salido. Que los gatos se ponen a buscar gatas y se vuelven locos. –Misha  se volvió loco–pensé–pobre Misha.

Después  de tres meses en Alemania fuimos a visitar a mi padre a España. Yo  estaba contento de pasar unas vacaciones allí porque pensándolo bien no  me gustaba todo el rollo del colegio, de lo estrictos que eran, de que  no había ni barras de pan y había que desayunar pan negro amargo todos  los días. Y era agotador lo de estar todo el rato compitiendo con los  alemanitos. Viajamos en el avión mi hermana y yo y de ahí mi padre nos  llevo a su apartamento de “El Palo” en Málaga. Vivían el y mi tío ahí  solos. Y bueno, eso fue un cambio de ambiente. Es que era una casa de  dos tíos ahí viviendo sin comida en la nevera, con el suelo pegajoso, mi  tío ahí con su colección de revistas “Man” y un póster del kamasutra en  su cuarto. Resumiendo, que le faltaba un poco de toque femenino al  lugar. Y aparte, joder, es que estábamos en “El Palo”. Que si suena a  cutre es porque lo es. Era una mierda hace veinte años y sigue siendo  una mierda ahora.

El  apartamento tenia una terraza súper chica que daba a una carretera  donde mi padre y mi tío tenían un gimnasio a medias. No había ni  arboles, ni bosques, ni prados, ni vacas como en Alemania. Mi única  diversión ahí era ir al videoclub a alquilar alguna película como “Los  Critters” o “Viernes 13” o lo que quisiera porque me dejaban ver  películas de terror y todo en esa casa. O sino lo mas divertido era ir a  comprar chicles en el kiosco o mirar los coches pasar. Si es que ni la  acera era buena. Tenia ahí boquetes y estaba toda súper ondulada.
Después  de un tiempo ahí un día mi madre apareció y dijo que nos quedábamos en  España y que nos íbamos a vivir con ella. Había encontrado un  apartamento en Benalmádena que era muy bonito. Una urbanización con  piscina, jardines y lo pasamos muy bien ahí en verano.
¿Pero que paso con el alemán? Bueno, lo que paso es que el alemán tenia un plan pero le salio mal.

Antes  de irnos a Alemania por primera vez, él y mi padre habían hecho un  trato. Íbamos a vivir en Alemania unos meses y luego el alemán nos iba a  mandar de vuelta a España. Pero para siempre. Para que viviéramos con  mi padre. Mi madre no sabia nada del trato y cuando se entero casi se  muere. El alemán la intento convencer diciéndole que se olvidase de  nosotros, que íbamos a estar bien con mi padre y que él y ella podían  comenzar una nueva familia, con hijos nuevos. Mi madre hizo las maletas,  rogó a su antiguo jefe que le devolviera el trabajo en el hotel y se  vino de vuelta. Nos mudamos con ella pero ni le dijo donde a mi padre.  Mi padre siempre me contó la historia desde su punto de vista,  quejándose de que un día mi madre nos rapto y desapareció y de como el  tuvo que pasarse tres meses buscándonos por todas las urbanizaciones de  la Costa del Sol. Lo que yo digo es que le salio mal el plan y ahora a  joderse.

¿Y  mi madre?. Pues sacrificó la riqueza de Alemania por estar con  nosotros, por volver a España y trabajar veinte años en un hotel de  relaciones públicas.
¿Y Misha el gato? Pues el pobre gato se quedo en  Alemania. Hace poco le pregunte a mi madre que cómo es que se perdió y  me confesó. No se perdió. El alemán la obligo a deshacerse de el.  Primero el gato, luego los hijos. Al final va a resultar que era un hijo  de puta.